viernes, 11 de marzo de 2016

Fiebre de África (primera parte)


Posted on marzo 11, 2016

Es el testimonio de una voluntaria, doctora recién recibida, de Argentina, que estuvo con nosotros un mes y medio… perdón, pudimos disfrutar de su compañía un mes y medio. Se llama María Bernardita Soler.
Es un hermoso testimonio. Lo divido en dos partes, y que lo disfruten… P. Diego.
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Tanzania 1
Debe ser fiebre, o algo del tipo. Porque llevo más de medio mes en África, y no he escrito ni una vez. Y eso recordando que para algunos escribir es como vivir, y que no hacerlo le da al espíritu un algo como de huerta abandonada.
No es fiebre, familia, tranquilos. Gozo de la salud de una lechuga. O de ese tipo de hierba que nunca muere.
África te conquista. ¿África? Al menos esta porción de tierra africana, logra meterse entre los jirones del alma, y ahí parece que clava bandera.


La tierra roja, en este momento húmeda. Lleno de nubes el cielo. Mangos a caerse de tantos frutos. Palmeras. Arbustos. Vi el fin de la sequía, la Tanzania amarilla. Y veo la Tanzania que cultiva porque ha empezado a llover. Una fiesta de verdes distintos. La animalada ha tenido compasión de mi cobardía legendaria, y sólo he encontrado lagartijas (y otros de la familia dragonácea), murciélagos (compañeros de desvelo), arañas, burros, bueyes, y alguna que otra muestra más. (Escribiendo esto, veo una araña junto al teclado, pero es pequeña).
La naturaleza acá hace gala. Es preciosa. Y la gente… también. Aún más. Ya contaré en otra crónica de ellos, de lo que estoy aprendiendo, o al menos tratando de llenar las alforjas para seguir extrayendo cuando esto decante. Así y todo, son gente, y –como nosotros- tienen sus piojos. Pero créanme, se cuecen habas más comestibles.
En esta primera vuelta quería escribir otra cosa. Aclarar algo, que puede ser útil para los siguientes: venir un mes no es admirable. Venir un mes, con fecha de retorno, en categoría de visitante (alojada con caridad exquisita), donde la gente te recibe con gigantes sonrisas y ojos alegres, donde a pesar de no saber el idioma te tratan de ayudar y hacerse entender, venir con tu propio celular y tus bienes personales (esos que, sin darnos cuenta y pensando que somos “independientes”, nos dan seguridad), con tu red mosquitera y tu repelente, con tus vacunas y tu profilaxis antimalárica…
Estar acá es un privilegio. Es un regalo que, por grande, uno pide tímidamente y agradece en voz baja. Haber cumplido años en este lugar, fue una delicadeza extrema de mi Padre.
Sólo al pasar les cuento. Si en algún momento quise hacer caso al humo de los comentarios, sinceros y bienintencionados, de “¡qué admirable!”, el humo pronto voló con el viento de los testimonios. Hay personas que vienen sin pasaje de vuelta, con menos vienes propios, con menos reparos. Con menos gente “detrás” por si pasa algo. Hay personas que vienen “sin tanta gloria humana”. A los que el tiempo les permite toparse con las habas en la olla y con los piojos, cuando se acaba la “luna de miel”. Estas personas se quedan incluso con sus miserias personales, y aún cuando éstas parecen arruinar parcialmente la obra, cuando descubren que hay otros mejores que podrían venir (certeza experimentada en propia carne). Y hay Alguien que sabe de esa miseria, de esa pobreza, de toda la nada, y trabaja con ella, y en ella reposa.
A Él la admiración. Y al resto sólo de reflejo.
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Tanzania 2. Aeropuertos

Llegar a Dar es Salaam. Para solicitar visa hay que hacer fila… …bueno, tratar de llegar al mostrador.
Lo de la fila no es tan estricto. Entrego mi pasaporte, el efectivo y la solicitud. Reciben todo y me dan de vuelta un billete que, con todos los nervios encima, no me animo a mirar (“me devuelven el dinero…no se pagaba acá…deben pensar que fue intento de coima….me han retenido el pasaporte… ¿cada cuánto recibirán visita los presos en Tanzania?…”), y así, a la imaginación se le suelta la cadena y puede hacer desastres. Me habían dado el vuelto, simplemente, y trataban de hacerme entender que debía esperar en otra zona.
Allí fui. Todos de pie, esperando su pasaporte. Salía cada tanto un hombretón alto, vestido como policía, y leía los nombres del manojo de documentos que llevaba en la mano. Un chico (creo que indio), intentaba conversar en inglés, pero pronto se dio cuenta que venía con pocas pulgas la cuestión. Yo sufría tratando de comprender lo que leía el oficial, sospechando que cada nombre que decía era una variante de pronunciación tanzana del mío. Sí, creo que mi cara era de esa que dicen “de pocos amigos”. Finalmente, con MI pasaporte en mano, ingreso oficialmente al país.


Pregunto dónde realizar el check-in del siguiente vuelo, y me dicen que debe ser en otro aeropuerto (de reciente inauguración), y el argumento es de tipo descartable (acá no es, ergo, debe ser allá). Llego donde me indican, ya con cara de menos amigos, y nadie sabe nada de mi vuelo, excepto que la empresa responsable tiene oficina… en el primer aeropuerto. Así, pego la vuelta, para entonces con cara de ningún amigo.
Finalmente, todo resultó bien. Casi al límite de perder el vuelo, al límite del peso de equipaje (corrijo, al exceso), pero también al límite de la alegría, al estar sentada en MI butaca del avión (pase lo que pase, ¡es tuya!, has peleado por ella a costa de transformación facial decadente).
Llegar a Mwanza y ver caras amigas esperando, e ir a comer una pizza, sencillamente impagable.
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Tanzania 3. Caminos
En la crónica anterior, los dejé sentados en la pizzería de Mwanza. Pero hasta el destino final, Ushetu, faltan un par de kilómetros y horas de viaje.
Los caminos en Tanzania deben ser un placer para los seguidores del Dakar, y para los que venden amortiguadores. Peleando el segundo puesto, nefrólogos (por razones obvias) y neurólogos (porque hay posibilidades de que termines con uno o ambos riñones alojados en la fosa posterior del cráneo).
No todos los caminos son tan malos. De hecho, y ya sin bromas, se disfrutan.


Llegué en tiempo de sequía, con gran parte del camino amarrillo y terroso. Pero los árboles de mangos siempre están verdes, y contrastan con esos tramos de tierra roja que tanto nos gustan.
A medida que pasamos en la camioneta, se oye a los niños (y a veces no tan niños), gritar: “lifitiii!”, “llévame” (al que quiera escribirlo mejor, le cuento que el swahili tiene un tanto de árabe y un tanto de inglés, y se escribe como se pronuncia…. Aunque no sé si esto es swahili o inglés, así que disculpen que lo escriba como pueda), “padri”, “sister” (continuando con mi lógica anterior, debería escribir “sistaa”) y “pipi” (caramelo).
Niños entre los surcos, a veces desnuditos y listos para ser modelo de pintor (“píntame angelitos negros”), o jugando en grupos de tres o cuatro. Y mientras saludan, ostentan sus gigantes sonrisas y sus ojos también risueños. Son hermosos.
Los que no son tanto, son otros personajes de la ruta: los guardianes del asfalto. Y esto sin rencor, verán que es cierto. Uniformados y papeles en mano, casi lustrando la lapicera de tanto cariño que le profesan, son “policías velocímetros”. Han adquirido esos aparatitos que te delatan, y no perdonan. Pero debo agradecerles, por estar en un papel oficial del país (fuera del aeropuerto): Miss Maria Bernadita, overspeed 73/50 KPH. Lo fantástico es lo ágil del sistema (pago inmediato). Sin rencor, han visto. Me han regalado momentos de risa, aunque sospecho que tales momentos son inversamente proporcionales al número de multas.

En época de lluvias, el camino es diez veces más bonito. No sólo se ven los niños jugar o pastorear las vacas, también a los hombres con azada en mano abriendo la tierra (todos en hilera, haciendo surcos al mismo ritmo, como si fueran un solo ancho hombre de varios brazos, a veces guiados por uno que canta y toca el bombito) y a las mujeres plantando (maní, maíz, etc). A los bordes del camino, gente cargando en bicicleta enormes bolsas de carbón. Mujeres con su niño atado en las espaldas (a modo de canguro mochilero) y el balde de agua en la cabeza (deben acarrearla cada día, junto a la leña).


Además de bonito, en esta época es diez veces más complicado desplazarse. Hay aldeas que quedan incomunicadas porque los caminos se inundan (principalmente si cruzan por campos de arroz, que son como piletones de agua y barro blando). En el último viaje, ya de camino al aeropuerto, se decidió que no iríamos por el camino habitual (intransitable), sino por uno alternativo. Nos enterramos. Se nos venía el atardecer y ahí estábamos, precisamente “en el medio de la nada misma”. Doble tracción, tres hombres ayudando, ramas bajo las ruedas, mi ángel, y un acelerador bien decidido, nos ayudaron a salir.
De los caminos de Ushetu, hay varios buenos. Pero el mejor es el de ida.

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Tanzania 4. Sukumas de Ushetu
A las 6 am. Philipo, el catequista, toca la campana. Llama a adoración.
Media hora más tarde, la campana vuelve a sonar, para dar comienzo al Rosario ante el Santísimo. La gente viene a rezar. Todos los días.
El sacerdote va hacia la parte última de la iglesia, a la izquierda de la puerta de ingreso, por si alguien desea confesarse. La gente se confiesa. Y lo hace de rodillas.
Mientras, Philipo dirige el Rosario. Cada Misterio lo inicia una persona distinta, a veces una voz de niño, a veces de mujer, a veces de hombre joven. Y los van intercalando con cantos a la Virgen. De esto quisiera escribir toda una crónica: cantan naturalmente a varias voces, y entonadísimos. Para alquilar balcón.

Al finalizar el cuarto misterio, los monaguillos se van a preparar. Bendición y letanías. A las 7 am se llama a Misa. La gente viene. Ofrece sus semillas antes de sembrar, y los frutos en tiempos de cosecha. No miran el reloj. Se arrodillan, y cómo. De un modo que te recuerda eso de que nunca es tan grande el ser humano como cuando está de rodillas. Adoración con tanta dignidad y belleza.
Luego, cada uno a su lugar. Las mujeres a buscar agua y leña para cocinar, los niños a clases o al campo. Algunas hermanas al dispensario y otras al colegio. El p. Diego quizá tenga programada la visita a alguna aldea. Pero el día ya comenzó hace un par de horas, antes del amanecer.
Me sorprendió cuando escuché a un tanzano decir que la enfermedad nos recuerda que somos creaturas, y por eso… tiene su utilidad. No es un pueblo que no sufra, o al que no le duela la muerte. Pero me dio la impresión de que simplemente saben que es así, aún antes de encontrar el sentido más profundo del dolor, como lo escuché: “nos recuerda que somos creaturas”. Al vivir en contacto con la tierra, cerca de varios animales y con poca atención (o ninguna) al reloj tirano que limita la contemplación, es como si hubieran descubierto que hay leyes, y que no fuimos ni somos nosotros sus legisladores. Que hay un tiempo de lluvia y un tiempo de sequía, y así es. Por eso hay que anticiparse. Que si uno no cultiva, difícilmente coma. Que preceden a la lluvia muchos insectos, anunciándola, y que eso no depende de nosotros. Así, con muchos mejores ejemplos y de distintos colores (que a esta mente demasiado urbanizada no se le ocurren), se ubican en el puesto real, de creaturas, y en un orden, la creación. Esto, que en mi tierra y en Europa puede sonar a leyenda, es mucho más lógico y acá se palpa. Después de preguntarán quién y cómo es la causa, pero da la impresión de que no tienen dificultades en reconocer que ésta no somos nosotros.
Es bastante razonable que contemplando tan de cerca el orden, no te creas ni menos ni más de lo que eres, ni animal ni Dios.

No digo que todas las personas de Ushetu. Pero creo que los pueblos tienen más facilidad para ciertas virtudes y más inclinación para ciertos vicios (quién niega la legendaria puntualidad de los ingleses, aunque no sean todos puntuales, o lo pragmático de los estadounidenses, o lo irónico de los argentinos). Así, de estos sukumas de los que hablo, pienso que se puede decir que tienen facilidad para ubicarse.
Ahí lo dejo.
(Nota del P. Diego: La segunda parte la envío dentro de algunos días)

lunes, 7 de marzo de 2016

Inicio del ciclo lectivo en Nuestras casas de Formación.


El jueves pasado se dió inicio al Ciclo Lectivo 2016 con la "Lectio Brevis (conferencia inagural) a cargo del Rev. Padre Doctor Miguel Angel Fuentes, en la cual habló acerca de la madurez humana poniendo como ejemplo de ello, distintos puntos relevantes de la personalidad de Marcelo Morsella. 
Seguidamente se tuvo la Santa Misa, en la que los profesores renovaron su profesión de fe. Fue una hermosa ceremonia con toda la familia Religiosa.



jueves, 3 de marzo de 2016

“Cristo esparcido”

Posted on marzo 2, 2016


Ushetu, 19 de febrero de 2016.

Dios ha sido siempre demasiado bueno con nosotros. A veces no llegamos a darnos cuenta de todo lo que nos ha dado, hasta que vemos que lo que es tan normal tener, otros no lo tienen. Hemos vivido años y años sin carecer de nada… no sabemos lo que es una verdadera carencia, no la hemos experimentado. Hoy Dios, por medio de varias personas, me mostró una vez más todo lo que he recibido en mi vida, por generosidad divina.


Hoy pude visitar a “Cristo esparcido en Nyamilangano”, por decirlo de alguna manera. Las dos jóvenes laicas misioneras, que nos ayudan con la atención de una de las aldeas más grandes que tenemos, me pidieron que vaya a visitar a los enfermos de ése lugar. Ellas los visitan con cierta frecuencia, y han organizado un grupo de misioneros laicos que tienen como oficio visitar a los enfermos. Organizaron muy bien todo, teniendo avisados a los abuelos que íbamos a ir, una lista con los nombres, los lugares, y los sacramentos que debían recibir. Fue un largo recorrido, para poder visitar a los once enfermos, comenzamos fue necesario dedicar cerca de seis horas.


Puedo decirles que ante mis ojos se fueron sucediendo las escenas, y ahora las recuerdo agradecido. Las diversas casas, con su pobreza y sencillez. En un momento que estábamos sentados en unos pequeños bancos afuera de una de ellas, mi pensamiento quedó prendado de la idea de que si no me tocara hacer este tipo de trabajo misionero, sería muy difícil conocer la realidad, la verdad de la gente que vive en Ushetu.



Casas de adobe, sin revocar, con puertas y ventanas de madera tosca, pisos de tierra, bolsas de maíz dentro de las habitaciones, techos de paja y techos de cinc… Las ollas al fuego sobre unas piedras, en el patio. Algunas de las casas nos ofrecieron una hermosa sombra debajo de un árbol, y en otras tuvimos que refugiarnos del sol ardiente del mediodía africano bajo el alero del techo, un espacio muy reducido de medio metro. No tenían ningún árbol cerca de la casa. La mayoría de las casas estaba rodeada de un pequeño cultivo de maíz y algunas otros granos y hortalizas. Generalmente no habían sillas para todos los que llegábamos, o mejor dicho, pequeñas banquetas que se usan aquí. Tampoco mesas, ni siquiera de esas mesas ratonas. Muchos de los abuelos estaban sentados en el piso o en los banquitos. Muchos animales en el patio, desde perros y gatos, pasando por gallinas, chivos, y hasta algunos terneros que los cuidan mucho, y se quedan mansamente junto al grupo de visitantes.


Pienso que el misionero debe tener algo de “equilibrista”, porque hoy me fui encontrando con situaciones de todo tipo, entre personas que no me escuchaban, o que no me entendían, o que no hablaban swahili. Debí escuchar mucho en sukuma, y admirablemente, entendí algo. Acomodarme a todas las circunstancias, entre los que no escuchaban bien, y los que por la edad, no se acordaban nada de lo que les habían enseñado las misioneras y el catequista en sus visitas. Estar en contacto con las miserias de los hombres y compadecerlos, pero sin entristecerse ni desanimarse de no poder hacer mucho más de lo que hace. Alegrarse de poder hacer lo poco que hace. Hay que mantener el equilibrio, y seguir adelante, y tratar de dar siempre más.


Se fueron sucediendo los nombres de los abuelos que visitábamos… Lucía, Elisabeth, Paulo, María, Tecla, Venance. En una de las casas nos esperaban para el bautismo de la abuela. Nos dijo que tenía más de cien años… A mí me parecía mucho, pero puede ser, ya que es difícil calcular los años de esta gente. Luego de bautizarla, como los otros días a Antonio, debajo de la sombra del árbol de su casa, le dije que había nacido de nuevo, y que ahora podía comenzar a contar los años desde cero. Recibió todos los sacramentos junto al bautismo: comunión, confirmación, y unción de los enfermos.


Luego estuvimos en la casa de Paulo, un hombre totalmente ciego, y a su casa se había acercado María, para evitarnos el trabajo de ir hasta la casa de ella, que quedaba un poco lejos.


Impresionante lo de María, y es algo de lo más destacado del día de hoy, y no es poco decir, porque cada uno compite por el primer puesto. Ella tiene cerca de ochenta años, es muy chiquita, y todo el tiempo tiembla con una especie de parkinson, según parece. Tenía su mano envuelta en un trapo que no estaba muy limpio que digamos, y cuando lo quitó nos mostraba un dedo totalmente lastimado en su primer falange, infectado e hinchado hasta la palma de la mano… algo inflamada también por la infección. No les describo esto por hacerlo mas impresionante simplemente, sino para mostrarlo lo más real posible. Ella no se quejaba. Nos decía que después de haber estado plantando maíz, había comenzado con esto.


Nosotros vemos muchas veces personas mayores con infecciones en las manos o pies, una bacteria que les come las extremidades, y si se demoran en ir al hospital, pierden por completo los dedos, y las manos. Es una especie de lepra. Luego de las oraciones, confesión, unción y comunión, le pregunté si no podía ir a un dispensario. Me dijeron que allí no hay uno grande, que es en otra aldea, y ella no tenía quien la lleve. Tiene un hijo que vive con ella y también está enfermo. Y a veces aunque tengan quien los lleve, no los llevan. Quedamos que nosotros en cuanto podamos la traeremos al dispensario de las hermanas… Pero allí mismo me quedé pensando, mientras la miraba a María, cuánto hemos recibido nosotros. Nos parece lo más normal cuando tenemos una enfermedad, que podamos recurrir a médicos y medicinas. En nuestros países hasta hay servicios al alcance de todos… o de la gran mayoría. No podemos pensar en que alguien puede perder los dedos de la mano simplemente porque no puede acceder a la medicina, o no pueda ir al hospital. Aquí en casos desesperados recurren a los brujos, que los estafan, les sacan dinero, y las más de las veces los dejan peor, porque la enfermedad sigue avanzando. Cuando llegan a un médico, ya no queda mucho para hacer. Se me ocurrió alentar a los que visitan a los enfermos y a las misioneras laicas, a que hagan siempre todo lo posible, al menos compadeciéndose de ellos, diciéndoles que “es Cristo que sufre”.


En la última casa a la que llegamos, la abuela que era quien quería recibir los sacramentos, no tenía ningún dedo en ninguna de sus manos, ni en sus pies, y le faltaba la mitad de uno de estos.


Se movía y caminaba como si nada con mucha agilidad, y se alegró mucho de recibirnos. Se asustó un poco de verme, pienso que sobre todo por ser la primera vez. Agreguemos que está sorda como una tapia, y yo pensé que era que no me entendía mi swahili, pero cuando le pedí al catequista que tradujera al sukuma, recurrió a pegar unos gritos que no surtían más efecto que la risa contenida en los que estaban presentes a la ceremonia. De todos modos, ciertamente que entendió todo, porque rezó con mucha devoción, y nos despidió con una gran sonrisa acompañándonos hasta el auto y agitando sus “manos” para saludarnos desde lejos.



En cada casa puedo decir que Dios me enseñó algo, y aquí nuevamente pensaba aguantando las lágrimas, la gran bondad de Dios para con nosotros, para con mi familia, para con mis conocidos.

Es casi obligado preguntarse ¿porqué a nosotros nos ha dado tanto? Y la respuesta viene del mismo Dios: “porque al que mucho se le dio, mucho se le pedirá”. Hay una obligación ahora. No sirve simplemente admirarse, y lamentarse por los que no tienen, sino que hay que hacer algo… perdón, hay que hacer mucho. Mucho se nos pedirá.


Hoy visité los enfermos de una de nuestras aldeas. En la misión tenemos 48 aldeas. Tenemos a “Cristo sembrado” en toda nuestra parroquia, en una distancia físicamente imposible de abarcar y atender como nos gustaría.

Recen por nosotros y por ellos. Por nosotros, para que demos lo más que podemos. Por ellos, para que Dios los consuele en sus necesidades y sufrimientos.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.

lunes, 29 de febrero de 2016

… y algo más (segunda parte)

Posted on febrero 29, 2016


Los dejo con la segunda parte…


Del campamento de monaguillos les cuento que lo veníamos postergando por las muchas actividades y los pocos misioneros por estos lados. Pero no podía fallarles a los chicos, porque venían esforzándose desde la mitad de año, asistiendo a Misa, a las reuniones, al rosario, a la adoración. Es admirable ver un grupo de chicos rezando a la mañana ante el Santísimo, cuando todavía es de noche. Son los primeros en llegar.Y si bien es verdad que saben que se les anotan puntos a favor para una futura entrega de premios o un campamento, por otro es verdad que no lo hacen sólo por eso. Lo hemos visto porque siguen viniendo cuando ya hemos entregado premios… y eso es lo que procuramos, que se les vaya haciendo el hábito. Y no es de despreciar el que un niño haya acolitado en más de noventa misas en el curso de cinco meses, sin contar las veces que ha participado como los demás fieles. Sumado a esto es muy grato ver que se acercan con confianza a la confesión, y sirve para hacer una breve dirección espiritual, tomando también de a poco esta costumbre.



Como no se realizó este año el encuentro de monaguillos en la diócesis, tuvimos que organizar nuestro propio campamento de monaguillos. Buscamos un lugar, y fuimos a la parroquia del P. Salvatore, el padre italiano, en Kabuhima. Nos dio como lugar para acampar una aldea, Msasa, donde hay una iglesia grande muy bonita, y además se dispone allí de aulas donde podían dormir los chicos. Luego, el espacio de juegos, allí mismo y en la escuela primaria cercana. Tuvimos que viajar en nuestra camioneta, donde nos apretamos lo más posible, para llevar también los elementos de camping, cocina, comida, deporte, bolsos, etc. La mitad hizo la travesía en “dala-dala” o minibús… toda una aventura.


Siempre me admiro mucho de ver cuando nos vamos acercando a la ciudad las caras de muchos de los chicos. Pregunto quién es la primera vez que viene a la ciudad, y siempre hay varios que levantan la mano. Pensar que estamos tan sólo a 60 km, y es la primera vez que vienen… algunos de ellos tienen 14 años y nuca salieron de su aldea. Por ejemplo, varios de ellos era la primera vez que veía el asfalto… ¡Asfalto!, decían… Uno de ellos, como el lugar donde estábamos acampando estaba cerca de la ruta asfaltada, la mañana del primer día se despertó antes de que salga el sol y les dijo a todos: “me voy a la ruta a ver pasar los autos”. Causó risa, y fue motivo de bromas todos los demás días, pero imaginemos la ansiedad que tenía, para despertarse a las 6:00 am e “ir al asfalto”. La Catedral de Kahama es el edificio más alto que han visto en toda su vida… y miraban con la boca abierta el enorme Cristo Crucificado.



Los días de campamento transcurrieron como es de esperarse, con gran alegría, y se hicieron muy cortos. Fueron muy emotivos los rosarios caminando al atardecer, y las buenas noches en una gruta de la Virgen. Un buen testimonio también, para los niños de esa aldea que en todo momento se acercaron a ver los juegos y este grupo que corría todo el tiempo de un lado a otro al sonido del silbato. Cuatro días intensos, sobre todo para los dos padres que fuimos… menos mal que el P. Víctor es más joven, y se encargaba de correr, y andar de acá para allá con ellos. Comenzando con los ejercicios a la madrugada, y continuando hasta los juegos nocturnos.




Junto a las fotos de los monaguillos les dejo algunas fotos del encuentro diocesano de las niñas, las Watoto wa Yesu, la infancia misionera, que se hace cada año en los primeros días de enero. Llevamos un grupo de quince niñas de la parroquia, y puedo decir lo mismo que lo del viaje de los monaguillos… admiradas de llegar a la ciudad varias de ellas, por primera vez. Ver las caras de asombro, alegría, y escuchar el espontáneo “Asante padre” (gracias padre)… no tiene precio. Produce una alegría interior que no se puede comparar con nada de este mundo. Es el salario con se conforma el misionero. Y ese contacto de confianza y amistad que se establece, es la puerta para entrar en sus corazones, como nos enseña Don Bosco, base para un buen trabajo espiritual.




A los que han llegado leyendo hasta aquí, les agradezco, y quedan comprometidos a rezar por todas estas almas.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.

lunes, 22 de febrero de 2016

Inicio del año de la Misericordia y algo más (va en tres entregas)

Ushetu, Tanzania, 13 de febrero de 2016.

Otra vez no cumplí lo prometido. Muchas veces les digo que después les voy a contar y no les cuento. En una de las crónicas de principio de año, como ya era largo el relato, les dije que en la próxima les contaba... y no es la primera vez que me pasa. Sé que no es muy interesante leer noticias de cosas pasadas, pero dejar escritas estas cosas creo que puede servir al menos como testimonio para el futuro, cuando recordemos los inicios de esta misión.
Les voy a contar de dos cosas especialmente: el inicio del año de la misericordia y el campamento de monaguillos.

Sobre el año de la misericordia, en nuestra misión, les cuento que hemos sido muy agraciados. Primero, porque el mismo día que se comenzaba solemnemente en toda la Iglesia Católica, el 8 de diciembre del año pasado, nosotros tuvimos la primer celebración de Primeras Comuniones de la historia de nuestra misión. De este suceso ya les he contado detalladamente. Fue una gracia muy grande, un día lleno de felicidad y emoción. Luego de la Misa y de la fiesta, salimos a ver a una enferma, en Nyamilangano. La hermana de uno de los catequistas, que estaba muy grave, y se había preparado para recibir el bautismo y todos los sacramentos. Rezamos todos juntos en la pequeña habitación que tenía puerta hacia la calle. El colchón estaba en el piso, pero todo muy limpio, dentro de lo que en estas pobres casas se puede tener. Toda la familia rezó con nosotros, y Felicitas recibió el bautismo, confirmación, comunión, y unción de los enfermos en el día que comenzaba el Jubileo de la Misericordia. Empezamos con todo, pensé, con las primeras “Primeras Comuniones” (valga la redundancia), y con Felicitas. Ella estaba completamente consciente, y quiso estar sentada en toda la celebración. Nos enteramos que a los tres días había fallecido, y lejos de entristecernos, nos dio una alegría enorme al ver cómo Dios la había bendecido, teniéndole mucha paciencia, y llevándola pronto, luego de estar preparada.
Agregado a esto, el día 14 de diciembre el obispo vino a abrir la puerta de nuestra iglesia de Ushetu, para que sea una de las puertas jubilares de la diócesis, y lugar de peregrinación, sobre todo para las parroquias vecinas de la decanía. El obispo en el sermón recordó que siempre que viene a Ushetu le pasa algo, como una vez que estaba con malaria, otra vez se le empantanó el auto y tuvimos que ir a ayudarlo, otra vez cuando regresaba se le rompió el alternador y se quedó sin luz a mitad de camino en medio de la oscuridad de estos parajes… pero que siempre algo lo atraía a elegir Ushetu y venir. Luego de la misa y almorzar con nosotros, cuando volvía a la ciudad, en una parte que el camino estaba muy malo, unos camiones se habían enterrado en el barro y no había como pasar. Tuvo que regresar a Kahama dando un gran rodeo que le llevó tres horas y media de viaje… Dicho y hecho. Espero que siga eligiendo Ushetu, a pesar de todo. (Continúa...)

lunes, 15 de febrero de 2016

Con la espada en mano contra el infierno

Posted on febrero 15, 2016


Ushetu, Tanzania, 10 de febrero de 2016.
Miércoles de Cenizas.

Por la ventana se asomaba un niño, como pispeando con un solo ojo… y esa pequeña cosa me hizo pensar. Estaba rezando mi segunda misa del día de hoy, miércoles de cenizas en la aldea de Ibambala. Como es un día de semana, los niños estaban en la escuela, y a medida que iban saliendo de las clases, pasaban en frente de la capilla, y se quedaban mirando un rato, luego seguían. Pero parecía un espectáculo lo que se estaba dando adentro, y de esa manera se asomaban para ver qué pasaba. Por un lado, el mzungu (blanco) que estaba al frente y vestido con ropas extrañas (es decir, quien les escribe), y por otro lado el coro y el órgano que con su música también los atraía. Y cuando luego del sermón comenzó el movimiento de los ritos, de la ceniza, del ofertorio, y lo que sigue en la liturgia… las cabezas se asomaban por todas las ventanas laterales. Pero en un momento miré a la ventana que estaba más cerca, y veía a un niño que asomaba apenas un ojo, como no queriendo ser descubierto. Y cuando yo miraba a la ventana, se escondía… pero no se iba. Entonces no miré más, para que no se fuera… y se sintiera más cómodo. Sin embargo yo sentía esa mirada atenta en cada uno de los movimientos que hacía en la liturgia.
Luego de la misa, el catequista me llevó a la casa de un abuelo que pedía el bautismo. Nunca me hubiera imaginado estar haciendo un bautismo y confirmación el miércoles de cenizas, pero son cosas de la misión. No podemos regresar muy seguido a las aldeas, vamos luego de varios meses, por eso no nos arriesgamos a volver en pascua para bautizarlo… ¿quién sabe si él o nosotros ya ha partido para entonces? Debido a que hace un par de semanas que yo no salía a las aldeas, por mi viaje a Egipto y luego por las actividades en el centro de la misión, me volvió a llamar la atención el paisaje, cosa que agradecí a Dios. A veces estoy muy acostumbrado. Hoy percibí de nuevo la vegetación, el paisaje de una aldea, las casas de barro colorado, y los techos de paja. Fuimos en la camioneta hasta que el camino se estrechó y ya no pudimos avanzar más en vehículo. Seguimos a pie un trecho, que también disfruté mucho…otra vez escuchar el silencio del campo, las voces de la gente a lo lejos, algunos niños que se escuchaban jugando detrás de las plantaciones de maíz.
Llegamos. Y les pinto de nuevo el paisaje tan común de una casa de campo de estas latitudes. Tres casas de barro, pequeñas, de dos o tres cuartos cada una, todas con las puertas hacia el patio, una cocina, que sería un quincho o techadito de paja con paredes bajas de adobe. Un corral de chivos “elevado”, que lo construyen alto para que no duerman estresados, es decir, pensando en las hienas que rondan por la noche. En el patio… como siempre, niños, varios de ellos. Pequeñitos, porque los otros mas grandes estarían trabajando en el campo, o cuidando los animales. Y el paisaje de animales domésticos, que aquí son más domésticos que en cualquier otro lado: gatos, gallinas, etc.
Debajo de la sombra de un árbol grande, sentado en una silla baja, estaba don Masanja, a quien nosotros buscábamos. Las presentaciones fueron en sukuma, que en esta zona de la parroquia se habla mucho. Yo no puedo hablar sino dos o tres palabras en esta lengua, pero cada vez voy comprendiendo más. Luego de dos o tres preguntas de catecismo, a modo de examen, procedimos al bautismo, confirmación y unción. La comunión quedará para mi próxima visita, porque no sabíamos si encontraríamos a Masanja y además si necesitaría al menos alguna instruccioncita, aunque sea mínima. El catequista le dijo: “usted pidió el bautismo, acá vino el padre para bautizarlo”. “¿Hoy?”, responde sorprendido. Y agrega inmediatamente, “¡bueno!”. Quedé shockeado por la sencillez, y la obra de la gracia de Dios en esa alma.
Le preguntamos qué nombre cristiano elegía… y luego de pensar dijo: Antonio. El catequista fue el padrino, la hija, que es una de nuestras feligresas de esa aldea, ayudaba en todo menester litúrgico, y uno de los nietos que estaba por allí fue llamado para que oficie de pueblo fiel… aunque a duras penas podía seguir la señal de la cruz, aunque lo intentaba.
Fue gracioso el momento de la renuncia a satanás y la confesión de fe, porque yo lo leía en swahili, y le pedí al catequista que le hiciera esas preguntas en sukuma a Masanja, que por ser bautismo de un adulto, debía responder él mismo. Pero respondía en sukuma, no un simple, “sí renuncio”, sino con glosa… “Sí, si, no tengo nada que ver… eso del diablo, no, no, nada… con el demonio nada…”. Nos hizo tentar un poco, pero todo siguió con solemnidad. Allí mismo, donde estaba sentadito cuando llegamos, recibió el bautismo… y el agua que se derramó sobre su cabeza regó el piso de tierra. Luego del bautismo aproveché a preguntarle algunas cosas, pero sobre todo para contarles a ustedes. Al preguntarle por la edad, luego de pensar un poco me dice “cerca de noventa”. Hijos, nueve, cuatro que ya se adelantaron (han fallecido, expresión común en swahili… se adelantaron). Nietos, y bisnietos… algunos eran esos que andaban gateando por ahí. Y me dijo su hija, que alguna de las bisnietas estaba por tener familia. La mayoría de los hijos y nietos eran católicos, pero ahora se bautizaba el jefe de la familia, el abuelo… y por eso les dije que podemos decir que Cristo gobierna esa familia. Es muy importante, sobre todo para ellos. Se trata de una familia católica, y roguemos que crezcan todos en esa fe.
No nos quedamos mucho tiempo, regresamos caminando, y traté de hacerles admirar algunos detalles de lo que íbamos mirando. Los detalles de la creación que Dios ha hecho para nosotros. Se admiraron de los rasgos de una pequeña flor silvestre… que mirada con atención resulta asombrosa. Yo mismo me admiré al ver ese día otro detalle más… de esos que llenan cada uno de nuestros días, y que se nos pasan inadvertidos.
Creo que en la presentación de este blog han leído que en este diario se cuenta el día a día de una misión. Ésta es una de ellas. Tal vez no nos llame la atención. Hay miles de cosas que suceden en nuestro día que no nos llaman la atención, pero deberían.Muchas veces estamos distraídos, o egoncetrados, y no nos damos cuenta, no vemos. Ese niño que hoy me “espiaba” por una ventana de la capilla de esa aldea, me hizo ver lo importante de cada acto del misionero, cada movimiento, cada gesto. Tal vez no es mucho lo que podamos hacer, estamos en un lugar muy humilde y lejano, pero estas almas están sedientas.
Somos misioneros, en eso pensaba al recordar esa mirada. Y no importa que nuestros días puedan ser sencillos… o mejor dicho, se gastarán nuestros días en la sencillez de la misión. Sencillez por fuera, porque por dentro entraña una lucha y combate cotidianos. Combate terrible, entre la gracia y el pecado. Y como un simple soldado raso que va a la guerra puede decir “estoy en guerra”, de la misma manera el misionero. Le estamos dando guerra al demonio, a satanás con todos sus ángeles. Le estamos robando almas, hoy le arrebatamos una que hacía “cerca de noventa” años tenía anotada… y se quedó con las manos vacías. A veces los misioneros podemos escuchar los rugidos de odio del infierno. No con los oídos del cuerpo. En varias oportunidades, puedo decirles con el corazón en la mano, nos sentimos peleando cuerpo a cuerpo. A veces nos podrá ganar un combate, pero nunca vencerá la guerra. Sin que piensen que estoy demasiado enardecido, cada vez me convenzo más de que desde el día que venimos a la misión, le declaramos la guerra al demonio. Y el que no piense así es un ingenuo, que tarde o temprano, caerá en las garras del peor enemigo del género humano.
Recuerdo lo que le escribí a mi hermano el día que me enteré que venía a la misión en África, hace más de tres años, y lo renuevo hoy día: Te pido que reces para que sea fuerte. No sólo físicamente, que en realidad no es tan importante, pero influye. Sino que sea siempre fuerte espiritualmente, que no afloje, que sepa afrontar esa misión con madurez, para bien de tantas almas, para bien de la Congregación, para el bien de la Iglesia Católica. Que sea firme en lo que he aprendido en todos estos años. Que no le afloje a la oración, al trabajo en la virtud, a la vida comunitaria, a vivir los votos como corresponde. Que persevere hasta el fin, que es la gracia de las gracias, y que todos los días pida esta inmerecidísima gracia, la de morir bajo la bandera de Cristo. Que pueda cumplir el deseo que era el de San Leonardo: “quiero morir en misión, con la espada en mano contra el infierno”.
Recen por nosotros, por todos los misioneros. ¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE.

lunes, 8 de febrero de 2016

Marcelo Javier Morsella


"Volveré a Tí, Señor, porque mi alma te busca y está vacía. No puedo vivir sin Tí y al querer hacerlo caigo en el peor de los abismos y queda sin rumbo mi vida...Tonto de mí al no querer confiarte mis caminos; sé que al fin, encontrarte es mi destino. La noche quedó atrás pero me envuelve, negra, como un abismo entre dos polos. Doy gracias a los dioses, cualesquiera que sean, por mi espíritu indómito. No me importa cuán estrecha sea la puerta, ni que me halle abrumado de castigos. Soy Capitán Triunfante de mi Estrella y el Dueño de mi Espíritu."
Marcelo Javier Morsella